Nosotros creemos en este amor.

15/08/2009

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En algunos momentos sientes que la vida se vuelve tan complicada, demasiado. Quisieras arrepentirte de todo, dar pasos atrás, incluso caer de un precipicio. En algunas ocasiones piensas que nada tiene sentido, que estás haciendo las cosas por hacer, que incluso todo se volvería mejor si te ocultaras, si te sentaras a ver cómo la vida avanza, avanza…

 

En este mismo instante estoy esperando a que le nazca mantener un te quiero. Estoy cruzando los dedos para que no se olvide de quién está y quién no. Quisiera, correr. Quedarme en la orilla de la playa a ver si las olas se dignan a arrastrarme hasta sus profundidades. ¿Qué costaría, acaso? No sucedería nada, tan sólo se contaminaría un poco más el mar. Es como querer volar hacia el sol, sin que se te quemen las alas. Creo que eso he estado haciendo durante toda mi vida, o al menos la mayor parte de ella. ¿He estado arriesgándome? Por supuesto… ¿lo he estado arriesgado todo? Claro que no.

Tengo las manos frías, la espalda entumecida y el corazón hecho pedazos, colgando de mi caja toráxica. En este preciso momento estoy imaginando que va a mantener un te quiero.

 

Tengo frío pero no estoy muy segura de a qué se debe. Hace mucho tiempo que tengo frío. Es como desear romper las barreras con la mente. No quiero ver que todo sea en vano, no quiero acabar enterándome de que todo acabará mal. No quiero perder todo esto, pero sí quiero más, me estoy arriesgando completamente por alguien, porque le quiero. Quizás cuántas veces me dije “te estás muriendo por un ser humano mientras hay 60 mil millones más en la tierra” y probablemente podría volver a repetirlo. ¿De qué serviría hacerlo? Si yo no quiero a esas 60 mil personas, quiero a esa especial.

 

Me siento ser de un material, duro, pesado, resistente, pero a la vez demasiado penetrable. Me siento ser de madera, me primavero y me otoño. Al cerrar los ojos, me convierto en una sensación. Me convierto en una sensación completamente diferente. Es como si mis párpados lucharan contra mis ojos de vidrio pulido, y no pudiesen hundirse. Me pregunto si de frío, soledad y sufrimiento me habré convertido en muñeca o en piedra.

 

Me quedé esperando en vano. Me quedé imaginando mentiras.

Ahora tan sólo me quedan aquellas lágrimas que estoy derramando. Lágrimas que he de llorar en momento como este. Un adiós sería lo más apropiado, desearía tanto desvanecerme, desaparecer, chasquear los dedos y no existir más… Pero, tengo tanto miedo. Tanto miedo que ni siquiera soy capaz de alcanzar eso. Quisiera soltar las caricias que guardo en el alma, gritar mis angustias… ¿Acaso es imposible salir de todo esto? ¿Acaso es imprescindible convertirme en todo lo que siento? No me hago la idea de continuar sintiendo así siempre. Me hiere, me hiere…

 

Estoy sangrando, o al menos eso creo. Aunque la sangre no es precisamente así. La sangre no es precisamente roja, o clara, o penetrante, mucho menos oscura. La sangre es tan transparente, tan liviana aunque la sientes tan punzante, tan escurridiza que desaparece al contacto con la superficie. La sangre no es más que mi conjunto de derretimientos. Sangre que hierve, sangre que hiere, sangre que muere donde tuvo que nacer.

 

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